La meditación no comienza en la mente; comienza en el cuerpo. Antes de que aparezca el silencio interno, el cuerpo ya ha empezado a responder. La respiración se suaviza, los músculos dejan de resistirse y el sistema nervioso recibe un mensaje claro: es seguro detenerse.
En la vida cotidiana, el cuerpo vive en alerta constante. Estrés, preocupaciones, sobreestimulación y exigencias continuas generan un estado de tensión que muchas veces normalizamos. Con el tiempo, ese estado se manifiesta en forma de fatiga, dolor, ansiedad o desequilibrios emocionales. La meditación actúa entonces como un puente: permite que el cuerpo libere lo que ha estado sosteniendo en silencio.
Desde una mirada holística, el cuerpo no es solo materia; es energía en movimiento. Cuando la mente se aquieta y la respiración se vuelve consciente, la energía comienza a reorganizarse de manera natural. No se fuerza, no se controla, simplemente se armoniza. Este proceso es profundo y sutil, pero sus efectos son reales y sostenidos.
En prácticas como el Tai Chi, la meditación no se separa del movimiento. Cada gesto consciente, cada desplazamiento lento, se convierte en una forma de meditación en acción. El cuerpo aprende a moverse sin tensión innecesaria, a fluir sin resistencia. Esa misma enseñanza puede trasladarse a la vida diaria: actuar con presencia, sin rigidez interna.
Meditar no significa escapar de la realidad, sino habitarla con mayor conciencia. Cuando el cuerpo aprende a escuchar, la mente deja de imponer y el equilibrio comienza a restablecerse. No es un proceso inmediato ni espectacular, pero sí profundamente transformador.
La verdadera sanación no ocurre cuando luchamos contra el cuerpo, sino cuando aprendemos a acompañarlo. La meditación nos recuerda que el silencio también es una forma de cuidado.
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